Luz Raquel Padilla cuidaba a su hijo con trastorno del espectro autista (TEA), las 24 horas del día, los siete días de la semana, pero ¿quién cuidaba de ella? Las redes de apoyo con las que cuentan las madres que, generalmente se quedan a cargo de un hijo/a con discapacidad, se componen principalmente de otras mujeres: madre, hermanas, amigas, a quienes de manera temporal o en casos de urgencia, se les delega el cuidado, pero que no son suficientes.

El atroz feminicidio de Luz, además de evidenciar el odio profundo, saca a la luz lo poco que se entiende la realidad de las personas cuidadoras, el escaso interés por las violencias que enfrentan, el total desconocimiento de sus batallas cotidianas y la nula sensibilidad social que hay con respecto a los cuidados de una persona con discapacidad.

A pesar de que el cuidado es el sostén fundamental de nuestras vidas, tenemos poco interiorizadas las necesidades de cuidado que tenemos. Desde que nacemos hasta que morimos, sin importar nuestra condición, requerimos que nos alimenten, limpien, bañen, orienten, suministren medicamentos, atiendan y den los cariños en diferentes etapas de nuestra vida. Pero al ser algo que creemos doméstico, o que recibimos por el “amor de una madre”, parece perenne, que no lo vamos a perder porque siempre está ahí, y no se requiere nada más para estar cuidados.

Las responsabilidades de cuidados han recaído casi exclusivamente en las mujeres; que no importando los intereses, necesidades y deseos que éstas tengan, se deben hacer cargo de niñas/os/es, parejas, personas adultas mayores, con discapacidad o con alguna enfermedad. Son las mujeres las que tienen que pedir permiso para salir del trabajo cuando hay una emergencia familiar o una junta escolar, incluso las más empoderadas (mujeres en la política) tienen que dejarlo todo y salir corriendo a atender la situación pues es “su responsabilidad”.

Las medidas frente a la emergencia sanitaria por COVID en muy buena parte funcionaron porque las mujeres y las familias se hicieron cargo de las medidas de higiene, de la educación a distancia y del cuidado de las personas enfermas que el sistema de salud dejó de atender. Levantadaçs las restricciones de movilidad hemos vuelto a una “normalidad” en la que se profundizaron las desigualdades y se acrecentaron las violencias.

Lo cierto es que todas las personas, hombres y mujeres, tenemos responsabilidades familiares, pero no todos las han asumido, en parte a esta “creencia” de que le “toca” a las mujeres, pero también porque el diseño del mundo público está hecho para que sean las mujeres las que se hagan cargo de los cuidados. Es aquí donde entra el Estado, a quien le toca garantizar un derecho humano fundamental, como es el derecho al cuidado.

Es el Estado, a través de sus instituciones, leyes y políticas públicas, quien debe hacerse cargo de cuidados esenciales para la sostenibilidad humana y para redistribuir las cargas de cuidado entre mujeres, hombres, la sociedad, la iniciativa privada, pues a todos nos toca cuidar, así como ser cuidados.

Hay personas que requieren dedicarse exclusivamente al cuidado, como era el caso de Luz y de muchas personas que están a cargo de personas adultas o con alguna enfermedad. El Estado debe hacerse cargo de su cuidado, y eso no se resuelve solamente con un ingreso que le permita dedicarse al cuidado, requieren redes de apoyo institucionales, servicios de salud y seguridad social, movilidad, capacitación y apoyo especializado, además de prevenir y atender de manera eficaz las violencias que enfrenten.

Que el doloroso asesinato de Luz no quede en condenas, ni lamentaciones; además de justicia, exijamos que de una vez por todas entremos de lleno a la aprobación del reconocimiento del derecho al cuidado y la implementación del sistema de cuidados. Las mujeres en cargos públicos se lo debemos a todas las demás.

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